La CNT en la Transición: una raíz profunda




Es un lugar común, incluso en la historiografía más progresista, identificar al Partido Comunista de España como el protagonista de la lucha antifranquista, otorgándole un papel tan destacado que, en ocasiones, parece convertir aquel combate democrático coral en un sencillo monólogo. Esta falsa sinonimia llega al descaro en el caso de la lucha guerrillera, popularmente conocida como el maquis, que se prolongó hasta los primeros años sesenta, a pesar de que el PCE la abandonó antes de que acabase la década de los cuarenta. Por otro lado, las necesidades políticas de la Segunda Restauración, han forzado la búsqueda desesperada de cualquier leve rastro del enfrentamiento con la dictadura de los tantas veces complacientes núcleos monárquicos o han magnificado la débil oposición del socialismo democrático al régimen del general Francisco Franco.
Sin embargo, un espeso manto de silencio ha caído sobre el activismo clandestino del movimiento libertario español al que se tragó la tierra en los años posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial. ¿Fue capaz el franquismo de aplastar al potente movimiento libertario, que llevaba décadas sufriendo sin desmayo una persecución tan dura como tenaz? ¿Se mantuvo España al margen del rejuvenecido espíritu anarquista, redescubierto bajo los adoquines parisinos en la primavera de 1968? ¿Fue tan casual como espontáneo el resurgir de la acracia a partir del año 1975?
Es difícil contestar afirmativamente a todas estas preguntas, y sin embargo parece haber un acuerdo unánime entre los historiadores para reconocer la importancia de la CNT en el periodo de la Segunda República y la Guerra Civil, expresada en el Congreso confederal celebrado en Zaragoza en mayo de 1936, y el inesperado resurgimiento del movimiento libertario durante la transición, puesto de manifiesto en los actos convocados en San Sebastián de los Reyes y Montjuich cuarenta años después, mientras se obvia con descaro la actividad de oposición anarquista al franquismo.
La razón de este olvido es consecuencia obligada de la costumbre de investigar al movimiento anarquista hispano usando los medios y los métodos empleados tradicionalmente para el estudio de la historia política y social, buceando en archivos oficiales y privados en busca de documentos orgánicos, listas de afiliados y comités o actas de comicios formales. Pero, como esperamos demostrar, no se puede conocer y estudiar a la CNT sin considerar su propia personalidad y sin tener en cuenta su ideología, ejercicio imprescindible en una organización que hace bandera de la coherencia entre principios y fines.

1.- LA POSTGUERRA (1)
El trágico final de la Guerra Civil, en abril de 1939, fue especialmente doloroso para los militantes anarcosindicalistas, que sufrieron tanto la derrota militar como la destrucción del proceso revolucionario que con tanto entusiasmo habían puesto en pie, en muchas ocasiones en contra de sus ocasionales aliados republicanos, socialistas y comunistas. Por otra parte, desarraigados entre los desterrados, no siempre contaron con la calurosa acogida que algunos países ofrecieron a los que compartían ideas y proyectos con sus gobiernos, como ocurrió con la Unión Soviética para los comunistas.
Por todo ello, los militantes anarcosindicalistas españoles no tuvieron más estrategia que la caída inmediata del régimen franquista, por la que combatieron con una urgencia que a veces fue causa de errores y precipitaciones. Además, sacrificando sus más íntimas convicciones, en muchas ocasiones renunciaron a la actividad sindical para combatir en la guerrilla con las armas en la mano o para colaborar con la acción política de todos aquellos que se oponían a la dictadura del general Franco.
En julio de 1936 la Confederación Nacional del Trabajo era la organización proletaria más numerosa del país. Durante los tres años de Guerra Civil, si bien vio muy mermadas sus filas por la represión sufrida en las zonas que ocupaba el ejército rebelde, también es cierto que de la mano del proceso revolucionario de las Colectivizaciones se alentó el crecimiento de la organización confederal en las zonas que permanecieron bajo control del gobierno republicano, permitiendo la implantación del movimiento libertario más allá de sus tradicionales zonas de influencia (2).
Al finalizar la Guerra Civil, y a pesar de una feroz persecución que había diezmado sus filas y de la derrota que había condenado al exilio a muchos de sus mejores afiliados, la CNT se reorganizó clandestinamente en el interior del país desde el primer momento. Los militantes anarcosindicalistas decidieron sostener un sindicato clandestino, por lo que lentamente reconstruyeron los sindicatos, regularizaron las cotizaciones, constituyeron los comités y coordinaron sus actividades. Como explica Ángel Herrerín, “Su labor se inició desde los mismos campos de concentración donde fueron ingresados los luchadores antifascistas, y su ritmo de reorganización sólo puede ser comparable a la velocidad con la que la policía franquista lograba desmantelar los diferentes órganos representativos confederales” (3).
A partir de 1943, con las primeras derrotas de las potencias del Eje en la Segunda Guerra Mundial, la actividad sindical de los militantes de la CNT se incrementó notablemente, ante la perspectiva de una próxima capitulación de Alemania y de sus aliados militares, que parecía anticipar un próximo final para la dictadura española. Además, en buena parte como reflejo de este nuevo contexto internacional, a mediados de la década de los años 40 fueron saliendo de las cárceles muchos de los militantes libertarios más activos y conscientes, reforzándose extraordinariamente la red sindical clandestina.
En el mes de julio de 1945 la CNT fue capaz de organizar en el pueblo madrileño de Carabaña un Pleno Nacional de Regionales, su máximo órgano de coordinación, al que asistieron delegados de Andalucía, Norte, Galicia, Centro, Levante, Cataluña y Aragón, que representaban a unos treinta mil afiliados. Allí se eligió un nuevo Comité Nacional, el octavo desde el final de la Guerra Civil, y se marcaron las líneas generales de la actuación de la central anarcosindicalista.
En los meses posteriores al Pleno de Carabaña, la CNT relanzó su actividad y reforzó sus filas, en unos momentos especialmente difíciles, cuando la simple cotización a un sindicato confederal todavía podía acarrear fuertes condenas de cárcel. Ángel Herrerín cifra en más de cincuenta mil el número de afiliados en 1947 y una cifra muy similar se mantuvo hasta el final de esa década.
La reorganización de los sindicatos confederales no tenía como finalidad la mejora de las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera, a pesar de ser especialmente penosas, pues su principal objetivo era la caída de la dictadura. En un evidente ejercicio de posibilismo, que contrasta con su imagen de intransigencia revolucionaria, la CNT participó en las conspiraciones políticas que se produjeron en ese período. Cabe destacar su intervención en la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas, un frente amplio en el que también colaboraban los monárquicos, que fue causa de una amarga ruptura del movimiento libertario.
Simultáneamente, numerosos militantes confederales desarrollaban una intensa actividad guerrillera. Huidos desde los primeros días de la Guerra Civil, refugiados en el monte que escapaban de la represión y miembros de la Resistencia antifascista, que tras su victoria en la Segunda Guerra Mundial volvieron a su país a continuar el combate, fueron muchos los cenetistas que lucharon en el maquis durante más de veinte años, una oposición armada muy pronto abandonada por socialistas y comunistas (4).

2.- LA TRAVESÍA DEL DESIERTO
Al comenzar los años sesenta las organizaciones del movimiento libertario estaban diezmadas y agotadas. La represión, que con tanta crueldad se había ensañado con los militantes anarcosindicalistas, la acuciante falta de medios, en una organización que no tenía el apoyo de Estados afines o de poderosas alianzas internacionales, y el fracaso de la resistencia antifranquista, tanto en el plano político como en el militar, hicieron mella en el ánimo de los cenetistas. Frente al derrotismo de tantos afiliados, algunos militantes decidieron continuar su combate contra el régimen franquista sin perder de vista la realidad del país, por lo que decidieron cambiar de táctica: mantuvieron la lucha clandestina, pero no intentaron dotarse de una estructura sindical homogénea y centralizada. La represión obligó a la central anarcosindicalista a abandonar su tradicional organización interna, propia de un sindicato, y dotarse de un funcionamiento típicamente anarquista, como son los grupos de afinidad.
El grupo de afinidad es la organización básica y genuina del movimiento anarquista. Es un conjunto pequeño de militantes, normalmente entre cuatro y diez, que trabajan unidos y se conocen. En el grupo no se da la figura del “simple afiliado” o del simpatizante; los componentes de un grupo son todos militantes, y se mantienen dentro de su estructura mientras sigan siéndolo. El grupo de afinidad tiene una vaga inspiración en las sociedades conspirativas decimonónicas.
Cuando en 1864 se creó la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), Mijail Bakunin, el gran teórico del anarquismo, ya había fundado la Alianza para la Democracia Socialista (ADS), organización internacional conspirativa libertaria que muy pronto se integró en la AIT. Para Bakunin resultaban seguras y eficaces las agrupaciones secretas formadas por personas convencidas y de absoluta confianza, que en determinados momentos favorables pudieran ponerse a la cabeza de los acontecimientos, pero sólo para inspirar y esclarecer, pues la revolución sólo la hace el pueblo. Con este espíritu se había creado la ADS; su programa era en apariencia coincidente con el de la AIT y, de hecho, muchas secciones europeas de la Internacional estaban creadas y animadas por miembros de la ADS, como fue el caso de España.
Cuando las diferencias ideológicas hicieron imposible la convivencia en el seno de la AIT de los sectores anarquista y marxista, se produjo la ruptura de la Primera Internacional. Para entonces, la ADS, sin haberse disuelto de facto, estaba en gran medida diluida dentro de las distintas secciones de la Internacional obrera. En 1872, la localidad suiza de Saint-Imier acogió el primer congreso de la nueva Internacional libertaria. Se consumaba así la escisión en el movimiento obrero.
La represión de los distintos gobiernos contra las secciones internacionalistas libertarias hizo casi imposible que pudiesen desarrollar una actuación abierta, por lo que sus militantes volvieron a organizarse en núcleos secretos. Surgieron entonces los grupos de afinidad, con una clara diferencia de la práctica anterior: se constituyeron por afinidades personales, de ahí su nombre, y no por centros de trabajo o, necesariamente, de localidad de residencia. Los grupos, como ya dijimos, son pequeños y todos los miembros se conocen entre sí, de manera que la infiltración policial es poco menos que imposible. El inconveniente de esta afinidad es que cuando uno de sus miembros es detenido, si sucumbe a las torturas policiales, puede llegar a proporcionar mucha información. Los grupos de afinidad siempre cuentan a su alrededor con cierto número de simpatizantes, gente con una ideología afín pero que no desarrolla una militancia constante. Estos simpatizantes van a ser fundamentales para la realización de las tareas del grupo; por ejemplo, la publicación de un periódico es primordial en la acción de los grupos, y los simpatizantes ayudarán a su distribución.
Los principales objetivos de los grupos de afinidad son propagar la ideología anarquista, la agitación popular y la consiguiente organización de revueltas y motines, aparte de, en momentos de permisividad legal, la creación de centros culturales, sociedades obreras y todo aquello que suponga un paso adelante en la emancipación de las clases trabajadoras. Por otro lado, los grupos mantienen relaciones entre sí para extender su acción o, las más de las veces, para ejercer la solidaridad con los represaliados, organizar las fugas de sus presos, etc.
En España los grupos de afinidad surgieron a partir de 1874, con la ilegalización de la sección nacional de la Primera Internacional, y su número y actividad se incrementó a partir del año 1888, cuando los anarquistas hispanos decidieron disolver su organización sindical: la Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE). Sin embargo, la coordinación de estos grupos de afinidad ácratas fue decisiva en la formación y sostenimiento de numerosas sociedades obreras, cuya convergencia daría como resultado la fundación en 1910 de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT).
A partir de ese momento, el peso de la lucha social en España lo llevaron las diferentes federaciones y sindicatos de la CNT, si bien los grupos de afinidad anarquista no se disolvieron, pues siguieron desarrollando una intensa actividad social que no era estrictamente laboral, publicando periódicos y revistas y creando centros educativos, como los ateneos libertarios y las escuelas racionalistas. También tuvieron una coordinación estable de ámbito nacional que, desde el Congreso de Amsterdam de 1907, fue también internacional.
Por eso, cuando a partir de los años sesenta del siglo pasado, la organización del movimiento libertario había sido destrozada por la represión, y no tenía muchas posibilidades a corto plazo de crecimiento ni de estructuración, con la mayoría de la militancia veterana sin posibilidades de incidencia en el medio obrero, resurgió la necesidad de organizarse de nuevo en pequeños grupos de afinidad con el doble fin de mantener mínimamente la estructura orgánica y ser más impermeables a la infiltración policial. Se crearon grupos en todas las localidades donde quedaban militantes. Las actividades de estos grupos iban desde el apoyo mutuo, tan necesario a la hora de encontrar trabajo o vivienda en la sociedad del momento, hasta la edición de propaganda. La organización obrera (CNT) y los grupos anarquistas (FAI) tuvieron trayectorias paralelas con constantes coincidencias, llegándose a la total fusión de ambas modalidades organizativas al final de la Guerra Civil, por lo que los nuevos grupos de afinidad representaban por igual a todas las formas orgánicas del movimiento libertario español.
En las áreas más castigadas por la represión franquista, como era el caso de las provincias en las que desde el primer momento había triunfado el golpe militar, la militancia libertaria fue masacrada con más intensidad que en otras zonas, por lo que pocos militantes pudieron formar grupos. Salamanca, Vigo, Zamora, Valladolid, Santander o Palencia son ciudades en la que se mantuvieron grupos de afinidad con escasa actividad; se limitaban a reunirse periódicamente para comentar la situación política e intercambiar noticias, organizaban una comida para celebrar el Primero de Mayo y recibían la prensa libertaria editada en el exilio pero ni publicaban ni apenas difundían propaganda.
Según el testimonio de José Domínguez, anarquista de Carmona, hacia el año 1962 se celebró una reunión en la campiña sevillana de los militantes de Andalucía occidental que se encontraban en libertad. Se decidió dejar de hacer afiliaciones y mantener las mínimas relaciones orgánicas, de hecho, dejaron de actuar en nombre de la CNT y se constituyeron en grupos de afinidad. Prácticamente la única actividad que tuvieron en común fue el apoyo a los presos. Paradójicamente, tuvieron más relaciones con los viejos militantes andaluces emigrados a Cataluña y el País Vasco que con los que se quedaron en la región.
Muy similar era la situación en la regional de Levante, que englobaba a las provincias de Castellón, Valencia, Alicante y Murcia. En septiembre de 1965, la CNT del exilio emitió en Francia un informe sobre la situación del movimiento confederal en el interior de España en el que, entre otras cosas, señala que en la regional levantina “se venían manteniendo relaciones muy superficiales a causa de la psicología especial de la mayoría de los militantes, que sustentaban el criterio de que todo esfuerzo era inútil porque la solución vendría por sí misma. Mantenían la convicción de que era vano todo sacrificio, porque la CNT renacería espontáneamente en el instante en que la democratización irreversible del país se hiciera patente. Lo prudente, según ellos, era mantener en la reserva la militancia que nos queda para que en dicho momento sumaran todos los esfuerzos en la reconstrucción de las instituciones obreras” (5).
La intención del informe era despistar a la policía franquista, que se sospechaba que acabaría conociendo este texto, sobre lo que de verdad estaba ocurriendo en Levante: se habían roto las relaciones orgánicas entre la militancia porque se había optado por organizarse en grupos de afinidad. Era una región con fuerte implantación de la CNT, con sindicatos en cerca del cincuenta por ciento de los pueblos y, por supuesto, en todas las capitales de provincia. La reorganización en grupos de afinidad permitió, una vez muerto Franco, la inmediata creación de sindicatos de la CNT en muchísimos pueblos, sobre todo en las provincias de Castellón y Valencia.
En el área metropolitana de Barcelona la militancia confederal se vio reforzada por la emigración andaluza, pero los recién llegados no tenían posibilidades reales de actuación sindical, pues se trataba de militantes conocidos por la policía, que vigilaba de cerca sus pasos, por lo que debieron juntarse en grupos de afinidad atendiendo a sus localidades de procedencia. No tuvieron mucha relación con los compañeros catalanes, cuyos sindicatos clandestinos estaban atravesando malos momentos en cuanto a afiliación; pronto imitaron el ejemplo de las demás regiones y se constituyeron grupos de afinidad en toda Cataluña. La cercanía de la frontera permitió que las relaciones con los exiliados siguieran siendo fluidas; además, la casi inexistente relación de estos grupos entre sí hizo disminuir mucho el número de detenciones.
En Asturias, Rioja y País Vasco también la militancia creó grupos de afinidad. Algunos de ellos estuvieron implicados en el proceso de creación de Comisiones Obreras (CC.OO.), aunque muy pronto abandonaron esta organización, ante su creciente burocratización y el dirigismo ejercido por el Partido Comunista. En Extremadura y en Castilla la Nueva (Talavera, Cuenca, Puertollano, Guadalajara) se mantuvieron algunos grupos que, aunque en modo alguno se insertaron en las nuevas luchas sociales, sirvieron de referencia para toda una generación que buscaba una alternativa diferente a la que ofrecían las organizaciones marxistas y las cristianas.
En Madrid se creó el Grupo Anselmo Lorenzo, que nació con la idea de ser el germen de la reconstrucción de la CNT cuando las circunstancias lo permitiesen; de momento se dedicaron a estudiar la situación socio-laboral, editando algunos interesantes documentos, entre los que cabe destacar Problemas presentes y futuros del Sindicalismo Revolucionario en España, editado en 1969, y Cuestiones del sindicalismo: La Ley Sindical y las elecciones sindicales, que vio la luz en 1971. Simultáneamente, se mantuvieron otros muchos grupos de afinidad en la capital española. Uno de ellos, fue constituido por militantes que llevaban pocos meses en libertad tras soportar largas condenas, entre 15 y 20 años, y que volvieron a ser rápidamente detenidos, aunque no arrastraron a nadie más en su caída. Su proceso fue el primero del recién creado Tribunal de Orden Público y todos los encausados eran veteranos de los comités clandestinos de la CNT: Lázaro Arjona, Miguel Flores, Fidel Gorrón, Juan Martínez, Emiliano Mier...
Así pues, aparentemente desmantelada la CNT, el movimiento libertario siguió vivo y activo durante los últimos años del franquismo gracias a los numerosos grupos de afinidad que se extendían por toda la geografía nacional. El fenómeno del cincopuntismo es la mejor prueba no sólo de la pujanza del nuevo movimiento obrero, básicamente articulado en torno a las Comisiones Obreras, sino también de la fuerza de un movimiento libertario al que desde el poder aún se le consideraba con fuerza para modificar el panorama sindical español del momento.
Desde el sindicalismo vertical franquista se tentó a un puñado de viejos militantes cenetistas de prestigio a los que se les ofreció la posibilidad de influir en la Confederación Nacional de Sindicatos (CNS), la central sindical del régimen, integrándose en el seno de unos renovados sindicatos (6). La burda maniobra no tenía más objetivo que utilizar el prestigio de la CNT para combatir al nuevo sindicalismo animado por las jóvenes generaciones obreras que estaba poniendo en jaque el modelo franquista de relaciones laborales (7). El señuelo era un sindicalismo políticamente neutro y el anticomunismo heredero de los sucesos del mes de mayo de 1937, pero sólo unos pocos afiliados picaron el anzuelo: Lorenzo Iñigo, Francisco Royano, Saturnino Carot, Sebastián Clavo, Florián Calle, Ramón Álvarez.... En el verano de 1965 firmaron unos acuerdos con los representantes de la CNS que fueron desautorizados por la práctica totalidad de la militancia anarcosindicalista, tanto del interior como del exilio (8).
Fracasado su desembarco en el sindicalismo vertical franquista, al ponerse en evidencia su falta de representatividad, aislados del conjunto del movimiento libertario y desbordados por los acontecimientos nacionales, los cincopuntistas continuaron a pesar de todo con sus actividades y mantuvieron una cierta coordinación entre sus dispersos y escasos seguidores. En los últimos meses del franquismo fueron de nuevo utilizados por el entonces gobernador civil de Barcelona, Rodolfo Martín Villa, y el Delegado Provincial de la CNS en la capital catalana, José María Socias Humbert, cosechando un fracaso similar (9).
Pero la prolongada represión franquista no sólo forzó a los grupos clandestinos de la CNT a enmascarar su actividad, impidiéndoles dotarse de una estructura sindical centralizada, también dificultó el ingreso en la organización confederal de las nuevas generaciones anarquistas. Muchos jóvenes fueron conmovidos por la experiencia libertaria vivida en París en mayo de 1968, cuyos ecos llegaron a una España que estaba viviendo un proceso de creciente radicalización política. Aislados e inconexos, estos jóvenes formaron nuevos núcleos disgregados de la red libertaria clandestina.
En algunos de ellos militaban antiguos afiliados cenetistas. Era el caso de una corriente que fue denominada “humanista” que tenía como principal polo de atracción a Félix Carrasquer, un destacado dirigente anarcosindicalista que había sido miembro del Comité Nacional de la CNT desmantelado en el mes de noviembre de 1947, a pesar de que era ciego y precisaba de la compañía de un lazarillo. En esta corriente se incluían los llamados Grupos de Solidaridad, que estaban presentes en Madrid, Barcelona y, sobre todo, Valencia. Uno de sus militantes más destacados era el madrileño Carlos Ramos, que jugó un importante papel en el proceso escisionista de la CNT.
Incluso en ámbitos tradicionalmente alejados de la ideología anarquista se fueron formando grupos con una ideología más o menos vagamente anarcosindicalista. El proyecto de renovación experimentado por la Iglesia Católica a partir del Concilio Vaticano II hizo posible la apertura política hacia la izquierda de los sectores confesionales con más inquietudes sociales, encorsetados hasta ese momento por la llamada Doctrina Social de la Iglesia. Mucho se debatió, desde una y otra orilla, sobre la confluencia de cristianos y marxistas, pero muy poco se conoce sobre las relaciones entre anarquismo y cristianismo (10).
El mejor representante de esta corriente de opinión que pretendía conjugar la ideología libertaria con la espiritualidad cristiana fue Carlos Díaz, un joven profesor de Filosofía, que publicó en esos años numerosos artículos sobre anarquismo (11). Pero no fue el único, otros autores como Heleno Saña, que había nacido en el seno de una familia de tradición cenetista, también ofrecían una visión mística del anarquismo (12). En torno a estas ideas se fue formando una pléyade de grupos anarquistas cohesionados por el “elemento cristiano, utilizando categorías, esquemas, estrategias de indudable corte marxista, encubiertos por lenguaje libertario como simple imagen epidérmica, superficial y formal” (13) .
Uno de estos grupos cristianos atraídos por la ideología libertaria que se mostraban más activos animaba en Bilbao y Madrid la editorial ZYX. Mantuvieron contactos frecuentes con algunos destacados militantes anarcosindicalistas, como Juan Gómez Casas, y en los últimos años del franquismo editaron varios libros sobre temática anarquista, entre los que merece la pena destacar una breve biografía de Mijail Bakunin publicada en 1966 y firmada por Carlos López Cortezo. A pesar de que sostienen que “en los últimos 60 años los cristianos han editado más publicaciones libertarias que todos los grupos anarquistas juntos” (14), las sucesivas ediciones de ZYX, lejos de revelar la sintonía entre anarquistas y cristianos, mostraban la permisividad del régimen franquista para con la Iglesia Católica, auténtico poder fáctico bajo cuyo paraguas se refugió el colectivo que animaba este proyecto editorial para publicar obras que nunca hubiesen podido salir a la calle si hubiesen sido escritas, impresas o distribuidas por militantes anarquistas.
El grupo de ZYX no fue el único. Del seno de Vanguardia Obrera Social y Vanguardia Obrera Juvenil, las organizaciones del catolicismo social impulsadas por los jesuitas, nació en 1962 una nueva organización denominada Acción Sindical de Trabajadores que, en 1970, decidió “convertirse en una organización política del proletariado [lo que exigía] adoptar la ideología científica que es el marxismo-leninismo, y elaborar una Línea Política que, ajustada a las condiciones concretas, sea guía para dirigir y organizar la lucha de clases del proletariado”, propuesta que no fue asumida por “los anarco-sindicalistas (empeñados en anclar el desarrollo de la conciencia de clase no más allá de la lucha económica) y los políticos pequeño-burgueses trosquistas (empeñados en imponer sus propios prejuicios ideológicos reaccionarios a la clase obrera) [que] formarían un bloque para que la Organización Revolucionaria de Trabajadores se cerrara el paso a su conversión en organización marxista-leninista. No conseguirán sus propósitos y a mediados de 1971 se separarán de la Organización. Ésta, salvado este obstáculo, emprende una marcha ininterrumpida hacia el marxismo-leninismo” (15). Purgados estos grupos despectivamente calificados como anarcosindicalistas, presentes hasta entonces en el seno de la AST, la mayoría de sus afiliados adoptó las posiciones más intransigentes del marxismo, en la línea de Josif Stalin y Mao Zedong.
Al margen de cualquier otra asociación o tendencia, a partir de los primeros años de la década de los 70 fueron surgiendo al calor de las cada día más numerosas luchas obreras una serie de grupos de fábrica o taller con una marcada ideología libertaria que se mostraban bastante cohesionados, aunque carecían de cualquier estructura organizativa. Se denominaban Grupos Autónomos y llegaron a tener cierta fuerza en algunos ámbitos, como por ejemplo en las empresas metalúrgicas del cinturón industrial de Madrid. Arribaron al anarquismo de forma autodidacta, sin ningún contacto con los militantes veteranos, y su proceso de maduración ideológica fue fruto de su particular experiencia cotidiana en las luchas obreras, por lo que estos grupos se caracterizaron por su fuerte crítica a las formas burocráticas y reformistas de Comisiones Obreras y de los partidos marxistas, especialmente del PCE (16).
En los últimos años del franquismo la Universidad se convirtió en la punta de lanza de la agitación opositora y en un ámbito abierto para el ejercicio de las libertades públicas. Por eso mismo, con mayor fuerza si cabe que en el mundo laboral, los planteamientos libertarios empezaron a cuajar entre los estudiantes, en buena parte bajo la influencia directa de la revuelta del mayo del 68 parisino. En numerosas localidades de todo el país se crearon espontáneamente grupos de afinidad de jóvenes anarquistas, tanto en Institutos y Universidades, como veremos más adelante que ocurrió en Zaragoza, como en los barrios, como sucedió en Madrid, donde incluso llegaron a estructurarse territorialmente en la llamada Federación Anarquista de Barrios (FAB), un ámbito de actividad política por entonces animado por las Asociaciones de Vecinos.

3.- LA RECONSTRUCCIÓN
Aunque fuese lentamente, a partir de 1973 todos estos grupos comenzaron a coordinarse para reconstruir las estructuras sindicales de la CNT cuando llegase el esperado colapso del régimen franquista, que a esas alturas todos veían inminente. Así por ejemplo, en Madrid los Grupos Autónomos empezaron a tomar contacto con los veteranos; el Grupo Anselmo Lorenzo tuvo un papel esencial en este acercamiento.
Según los testimonios de Leandro Quevedo y Vicente Díaz, en octubre de 1975, cuando tan sólo faltaba un mes para la muerte del general Franco, se aprovechó el entierro en Madrid de la madre de Vicente Díaz, una antigua y conocida militante libertaria, para hacer una asamblea de militantes anarcosindicalistas en el propio cementerio, libre de cualquier presencia policial, que puede considerarse el pistoletazo de salida de la reconstrucción de la CNT; allí mismo se decidió disolver los grupos de afinidad y volver a estructurarse por sindicatos de oficio. Al sepelio asistieron militantes cenetistas de otras ciudades que, a la vuelta a sus lugares de residencia, plantearon hacer lo mismo a sus respectivos grupos. Como reconoce uno de los protagonistas, “la militancia veterana, dispersa prácticamente tras el apagón de los años cincuenta debido a la enorme represión realizada por el franquismo sobre la organización confederal, empieza a reagruparse” (17) .
A partir de la muerte del dictador, la reconstrucción de la Confederación Nacional del Trabajo se aceleró. En diciembre de 1975 se celebró en Madrid una asamblea, a la que asistieron más de doscientas personas, en la que se decidió reconstruir la organización anarcosindicalista y se nombró un nuevo Comité Regional de Centro que, provisionalmente, funcionaría como Comité Nacional hasta que pudiese celebrarse un Pleno Nacional de Regionales.
En muy poco tiempo se restablecieron las relaciones con todos los grupos de afinidad que, repartidos por toda la geografía nacional, se habían mantenido más o menos activos en los últimos años, aunque mientras tanto habían muerto bastantes de los veteranos militantes libertarios. Los grupos de afinidad, nacidos para evitar la represión policial, se convirtieron automáticamente en Sindicatos de Ramo o de Oficios Varios. En enero de 1976 se celebró un Pleno Nacional de Regionales de la CNT, en el que se dio por reconstruida la Confederación y, entre otras cosas, se expuso que “convencidos los trabajadores de que debemos luchar en sindicatos libres e independientes de los partidos, como único medio para alcanzar la verdadera revolución social, proponemos:
-la solidaridad y respeto absoluto del hombre;
-la participación directa en la actuación y en la lucha;
-rechazo del liderismo y de la burocracia en los sindicatos;
-independencia económica de los sindicatos respecto de cualquier partido o Estado;
-derecho a la objeción de conciencia;
-abolición de la pena de muerte y métodos represivos;
-eliminación del paro obrero y nivelación de sueldos con respecto al nivel de vida;
-abolición de la duplicidad de empleos fijos y eventuales, así como del trabajo a destajo, primas y horas extras;
-una educación racional e integral sin discriminación alguna.
La Confederación Nacional del Trabajo (CNT) considera que la presión revolucionaria de las conquistas reivindicativas de la clase obrera en rebeldía contra los sistemas de explotación y opresión, debe manifestarse permanentemente con una dinámica de lucha creciente, cada vez más radical, apoyándose siempre en la clase trabajadora, promoviendo su concurso y acción directa”.
Al mes siguiente, en la ciudad de Barcelona, cuna de la CNT, se reunieron más de seiscientos militantes que eligieron un Comité Regional de Cataluña, y encuentros similares se celebraron en Asturias, Andalucía o Valencia. En los tres meses posteriores a la muerte del general Franco, el proceso de reconstrucción de los sindicatos confederales y la coordinación entre los diferentes núcleos locales para vertebrar de nuevo toda la estructura orgánica cenetista, era ya una realidad indiscutible. Al final de esta etapa, salieron a la luz incluso los grupos de afinidad que se habían ido constituyendo en las décadas precedentes en muchas pequeñas ciudades de provincias, como Cuenca o Guadalajara, permitiendo un rápido resurgir de la CNT.
La ciudad de Zaragoza, uno de los bastiones anarcosindicalistas antes de la Guerra Civil, nos ofrece un caso paradigmático de la reconstrucción de la organización confederal. En los primeros meses de 1975 “un grupo no pequeño, pero tampoco numeroso, de compañeros libertarios” se reunieron clandestinamente en la denominada I Asamblea Anarquista de Zaragoza, con el objetivo de “clarificarnos y preparar las bases que condugese (sic) a una reaparición real de los libertarios y de sus alternativas” (18) . La vieja militancia confederal había sido duramente reprimida a lo largo del franquismo, por lo que esta reconstrucción descansaba principalmente sobre los jóvenes militantes ácratas organizados en diferentes ámbitos, entre los que destacaban los Grupos Autónomos formados por estudiantes de la Universidad de Zaragoza, que llegaron a editar su propio boletín, Prohibido prohibir, desde finales de 1974 hasta la primavera de 1975. Nació de esta Asamblea la decisión de los diversos grupos e individualidades asistentes de realizar una acción mancomunada tanto en el plano de formación teórica como de actividad propagandística. Se dedicó especial atención a la presencia anarquista en las luchas de la clase obrera de Zaragoza, fuesen de ámbito empresarial (Gaysa, Montañés o Vicente Garcés) o sectorial (Metal y Construcción).
Con la experiencia adquirida y a la vista de las nuevas posibilidades surgidas tras la muerte del general Franco, se convocó en la primavera de 1976 la II Asamblea Anarquista de Zaragoza, en la que se tomó la decisión de reconstruir la Federación Regional del Valle del Ebro de la CNT: se asumía que “es evidente que el movimiento antiautoritario de Zaragoza y región han dado un paso de cuyas implicaciones somos todos conscientes”(19) . En el mes de junio de 1976 veía la luz el número 6 de la publicación Acción Libertaria, que ya reclamaba desde la cabecera su nueva condición de portavoz de esta reconstruida Federación Regional. En su número 10, publicado en el mes de septiembre de ese mismo año, se informaba de la celebración de un Pleno de la Federación Local de Zaragoza de la CNT a la que habían asistido más de dos centenares de afiliados; con razón pudo escribirse en las calles de la capital aragonesa aquella célebre pintada: “Animo abuelos, que ya volvemos”.
Como vemos, tanto los grupos de afinidad anarcosindicalistas, formados por los veteranos militantes cenetistas, como los nuevos grupos de diferentes tendencias y procedencias, nutridos sobre todo por jóvenes ácratas, convergieron en la CNT a lo largo de esos primeros meses de 1976; prácticamente nadie quedó excluido de este proceso. Por ejemplo, en Madrid, la FAB se debatía entre continuar como agrupación específicamente anarquista, siguiendo el modelo de la Federación Anarquista Ibérica (FAI), o disolverse en la estructura de la naciente CNT o entrar en Comisiones Obreras para hacerlas avanzar hacia planteamientos libertarios. Finalmente, aconsejados por el Grupo Anselmo Lorenzo, decidieron ingresar en la CNT y disolver la FAB. En esa misma asamblea se creó el Movimiento Autogestionario de Barrios para incidir en el ámbito ciudadano, pero este acuerdo nunca se llegó a hacer realidad porque el trabajo de reconstrucción cenetista acaparó todas las tareas militantes.
El proceso de reconstrucción puede darse por definitivamente concluido el 25 de julio de 1976. con la celebración del segundo Pleno Nacional de Regionales después de la muerte del general Franco; a él asistieron delegaciones de Andalucía, Asturias, Cataluña, Centro, Euskadi y País Valenciano. Se eligió el primer Comité Nacional regular de la CNT, se acordó dotarse de un carnet confederal y se estableció una cotización mínima, además de aprobarse la publicación de un boletín informativo y de una revista que fuese el portavoz oficioso de la Confederación, aunque estos dos acuerdos nunca se llevaron a la práctica.
El 27 de marzo de 1977 se autorizó la celebración de un mitin de la CNT en la Plaza de Toros de San Sebastián de los Reyes que supuso la primera salida a la luz pública del movimiento libertario después de que ese mismo mes fuesen legalizadas las diferentes centrales sindicales, tras cuarenta años de forzosa clandestinidad. La masiva asistencia al acto de San Sebastián de los Reyes sorprendió a propios y extraños; nadie ni dentro ni fuera de la CNT esperaba que varias decenas de miles de personas acudiesen al llamamiento realizado por una antaño potente organización a la que muchos daban por muerta. El 2 de julio de ese mismo año, más de ciento cincuenta mil personas asistían a un mitin cenetista en Montjuich, mostrando la pujanza del movimiento libertario en Barcelona, la antigua Rosa de Fuego.
Detrás de estos éxitos se encontraba la fructífera reconstrucción de la central anarcosindicalista. En el mes de abril de 1977 se celebró una reunión Plenaria del Comité Nacional a la que asistieron las distintas Confederaciones Regionales que agrupaban a 176 Federaciones Locales: 50 en Andalucía, 42 en Cataluña, 30 en el País Valenciano, 13 en las provincias de Murcia y Albacete, 12 en Aragón y Rioja, 8 en la zona Centro, 7 en Euskadi, 4 en Cantabria y otras 4 en Extremadura, 3 en Galicia y el mismo número en Canarias, además de las existentes en Asturias y León que no ofrecieron datos concretos.
En el mes de septiembre de 1977 el proceso de Transición democrática parecía haber superado un punto de inflexión, después de la concesión de una amnistía casi total, de la legalización de casi todos los partidos políticos y sindicatos obreros y de la celebración de las primeras elecciones democráticas. En ese momento, la CNT tenía más de 50.000 afiliados organizados en 13 Confederaciones Regionales y más de 250 Federaciones Locales; solamente en Cataluña se hablaba de 8 Federaciones Comarcales y 70 Federaciones Locales, con más de 300 sindicatos formalmente constituidos y una cifra que se aproximaba a los 70.000 cotizantes. La reconstrucción de la Confederación Nacional del Trabajo era un éxito.

4.- LA ESCISIÓN
Este importante crecimiento orgánico no pudo darse sin practicar una estrategia generosa de puertas abiertas que acogía por igual a todos los grupos e individualidades que se reclamaban a sí mismos como libertarios y que aseguraban identificarse con los postulados tradicionales de la CNT. A nadie se le excluyó en este proceso de reconstrucción anarcosindicalista, ni a ninguna de las tendencias en que se había dividido el exilio confederal, ni a los cincopuntistas que acudieron de nuevo a las filas cenetistas.
Junto a estos grupos, en la renacida Confederación Nacional del Trabajo se integraron colectivos muy heterogéneos: GOA, Autonomía Obrera, Liberación, Movimiento Comunista Libertario... Entre ellos merece la pena resaltar la entrada de núcleos marxistas heterodoxos, que buscaban en las raíces históricas del marxismo respuestas a la compleja situación que vivían los países de la órbita soviética, y que habían sido puestos de manifiesto por los acontecimientos de la llamada Primavera de Praga. Grupos partidarios de la formación de Consejos Obreros, popularmente llamados consejistas, seguidores de Rosa Luxemburgo, núcleos del resurgido Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) y otras distintas heterodoxias del marxismo nutrieron en un primer momento las filas de los sindicatos de la CNT.
Algunos de estos colectivos abandonaron muy pronto la organización confederal. Es el caso de la tendencia anarco-nacionalista presente en Euskadi, articulada en torno a la revista Askatasuna y encabezada por Mikel Orrantia, autor de un libro titulado Por una alternativa libertaria y global, que salieron de la CNT cuando vieron frustrado su proyecto de constituir una organización sindical específica para Euskadi que además debía ser reconocida como sección nacional por la AIT. Igual situación se dio en Cataluña con buena parte de los Grupos Autónomos, que abandonaron la CNT antes de 1979 para dar vida a una nueva organización sindical, los Colectivos Autónomos de Trabajadores, presentes en aquellos momentos en sectores laborales tan dispares como los astilleros gaditanos o los funcionarios de Cataluña.
Perdida la cultura tradicional libertaria, interrumpida la herencia histórica de la Primera Internacional y huérfana del necesario debate de decantación ideológica, la CNT decidió clarificar con calma y sosiego su situación convocando un Congreso, el quinto de los celebrados hasta esa fecha, que se realizó del 8 al 16 de diciembre de 1979 en Madrid, y más concretamente en su Casa de Campo, cuarenta y tres años después del anterior. Ya desde el período precongresual se habían empezado a decantar las diferentes tendencias que habían convergido en el sindicato.
En Barcelona fueron expulsados del Sindicato de la Construcción los miembros de los autodenominados Grupos de Afinidad Anarcosindicalista, que nada tenían que ver con los grupos de afinidad creados en los años 60, por su práctica sindical reformista y, sobre todo, por constituir una organización paralela dentro de la CNT. Al poco tiempo, cerca de ochenta militantes se van del Sindicato de Artes Gráficas de la misma ciudad. En Madrid se intentó desfederar al Sindicato de Enseñanza en solidaridad con los expulsados de Barcelona; no se consiguió y abandonaron el sindicato los diecisiete militantes que lo propugnaban.
Son los primeros escarceos del pulso que algunos sectores de la CNT echaron al conjunto de la organización confederal. Para ganar este pulso, y para ganar el Congreso, estos sectores van a coordinarse progresivamente hasta el punto de establecer una estructura propia en el seno de la CNT, paralela a la armazón sindical orgánica: de ahí su nombre de “paralelos”. El objetivo era controlar el mayor número de sindicatos para copar las delegaciones que asistieron al V Congreso Confederal e imponer sus propuestas al resto de corrientes y tendencias.
¿Quiénes nutrieron esta estructura “paralela”? Una compleja amalgama de sindicalistas cristianos, marxistas heterodoxos, posibilistas libertarios, los últimos cincopuntistas... que tenían en común la idea de que era imprescindible forzar un cambio en la estrategia sindical de la CNT para adecuarla a la política de pacto y reforma que ya estaba orientando la Transición democrática. El camino a seguir lo marcará la SAC, una central sindical minoritaria de Suecia que abandonó el anarcosindicalismo en los años cincuenta del siglo pasado.
Quedaban al margen los militantes de algunos partidos de la izquierda comunista, fundamentalmente trostkistas fieles a su táctica del “entrismo”, que buscaban en la CNT una cantera para su menguada militancia y un altavoz para sus propuestas. Por su radicalismo, en buena medida provocado por su empacho de teoría marxista, y por su escaso número, a pesar de considerarse a sí mismos el “partido de la clase obrera”, sus posibilidades de hacerse con el control de la CNT eran insignificantes pero su actividad cooperó para crear el clima de conspiración que ensombreció la convocatoria del V Congreso.
Los veteranos militantes anarcosindicalistas, que habían encabezado la reconstrucción cenetista desde sus grupos de afinidad, y los jóvenes que más se identificaban con el anarquismo clásico, se sabían mayoritarios en el seno de la organización confederal y formaron un bloque anarcosindicalista para impedir el anunciado cambio de rumbo de la CNT.
Para estos anarcosindicalistas no cabía duda de que “al surgimiento público de la CNT nos encontramos con la presencia de varios grupos de presión que de buen principio se infiltran en las estructuras orgánicas de la CNT”(20) . Por su parte, los “paralelos” acusaron a los militantes de la reconstruida Federación Anarquista Ibérica de actuar con autoritarismo ejerciendo un dominio dictatorial en el seno de los sindicatos cenetistas: al bloque anarcosindicalista le denominaban, con desprecio, “exilio-FAI”.
En este comicio se debatió sobre todo lo que concernía a la Confederación, volviendo a tratar asuntos que ya habían sido aprobados en comicios anteriores: parecía como si la CNT, emulando a Sísifo, empezara de cero otra vez. Se aprobó una ponencia sobre principios, tácticas y finalidades que concordaba en todo con los postulados tradicionales de la Confederación; una nueva normativa orgánica que era muy similar, en esencia, a la anterior; una resolución sobre el patrimonio histórico de la CNT y el patrimonio acumulado por la organización sindical franquista; una ponencia sobre prensa, propaganda y formación; resoluciones sobre el paro y sobre los presos... Se fijaron las relaciones que la CNT había de tener con otras organizaciones, y se ratificó su adhesión a la AIT, la Internacional sindical reconstruida en 1922.
Pero el punto más conflictivo era el que se refería a la estrategia laboral y sindical. Aquí se produjeron los mayores choques entre los anarcosindicalistas y los “paralelos”. Finalmente, la moción aprobada por amplia mayoría en el Congreso estaba en consonancia con el sindicalismo revolucionario clásico defendido tradicionalmente por la CNT: se abogaba por la acción directa, se rechazaban los Comités de Empresa y la participación en las Elecciones Sindicales, así como se desaprobaban la existencia de liberados en los sindicatos y la percepción de subvenciones estatales.
Al conocerse los resultados de la votación, parte de las delegaciones asistentes abandonaron el Congreso con la intención de impugnar sus acuerdos alegando defectos de forma y presiones del grupo “exilio-FAI”. No dieron por válido el Congreso y consiguieron consumar una escisión al desfederar a los sindicatos que controlaban. Crearon una CNT “paralela” que tuvo su primer congreso al año siguiente, en la ciudad de Valencia, en el que establecieron una estrategia sindical completamente distinta a la que había sido aprobada en el V Congreso de la CNT: aceptaron subvenciones, se presentaron a las Elecciones Sindicales, los diferentes comités tenían poder de decisión y contaban con militantes profesionales o liberados, tanto en los Comités de Empresa como en la propia estructura confederal.

CONCLUSIONES
La Confederación Nacional del Trabajo en particular, y el movimiento libertario en general, fueron derrotados en la Guerra Civil. Sin embargo este descalabro, lejos de desalentarles, dio alas a sus militantes para reemprender la lucha contra la dictadura desde las mismas cárceles. Fieles a la coherencia entre fines y medios que siempre ha caracterizado al anarquismo, se dedicaron con ahínco a la reconstrucción en la clandestinidad de los sindicatos confederales. En muy pocos años, habían conseguido poner en pie una sólida organización que acogía a más de cincuenta mil afiliados.
Esta renacida CNT tenía como primer objetivo la caída de la dictadura franquista y la recuperación de las libertades ciudadanas, y para alcanzar este propósito no dudó en adoptar todas las formas de lucha, desde la colaboración con fuerzas políticas que habían apoyado al general Franco durante la Guerra Civil, y que interesadamente habían evolucionado hacia posiciones democráticas, hasta el mantenimiento de una lucha guerrillera que se negaba a aceptar el final del conflicto bélico, sin olvidar una sorda acción sindical en campos, fábricas y talleres.
Al comenzar la década de los años 50, la represión había castigado con fuerza a las nutridas filas cenetistas por lo que se hizo imprescindible un cambio de estrategia en la lucha contra el régimen franquista. Por coherencia entre fines y medios y por fidelidad a la ideología libertaria que compartían, los militantes anarcosindicalistas rechazaron dotarse de unos cuadros conspirativos profesionales o dedicarse más intensamente a una lucha armada que algunos compañeros todavía ejercían.
Como ya había sucedido en épocas anteriores, los anarquistas españoles decidieron dejar de actuar en nombre de la CNT y abandonando la organización en sindicatos estructurarse a través de los grupos de afinidad ácratas. Aunque carecían de cualquier estructura centralizada, aunque muchos de estos núcleos estuviesen sometidos a una fuerte presión policial que les impedía ejercer un activismo social muy destacado y aunque no cejó la represión sobre los militantes libertarios, por todo el país fueron surgiendo numerosos grupos de afinidad.
Junto a ellos, se fueron incorporando a la corriente anarcosindicalista miembros de las jóvenes generaciones de estudiantes y trabajadores, algunos llegados desde el cristianismo militante postconciliar, otros desde el marxismo heterodoxo, éstos desde la práctica sindical que les alejaba de unas Comisiones Obreras cada vez más reformistas y burocráticas, aquéllos impactados por las propuestas revolucionarias del parisino Mayo de 1968. Sin contacto con los militantes cenetistas más conscientes y capaces, su visión del anarquismo no siempre se correspondía con la tradición ideológica ácrata.
Cuando la muerte del general Franco se vio próxima, toda esta amalgama de grupos fueron entrando en contacto, recomponiendo sus incipientes organizaciones y convergiendo en una renacida CNT. Pero, por su propio origen heterogéneo, este proceso de reconstrucción de la vieja confederación anarcosindicalista llevaba en su seno el germen de su destrucción; solamente el entusiasmo de los primeros años de la Transición permite explicar la alegría con que se vivió este fugaz espejismo unitario.
Desde que la CNT se vio confrontada con la realidad cotidiana del país, y sobre todo desde que tuvo que realizar la necesaria clarificación ideológica convocando su V Congreso Confederal, esta alianza provisional de grupos, corrientes y tendencias saltó por los aires. Aquellos militantes que se habían arrimado al anarcosindicalismo al calor de la reconstrucción de la antaño prestigiosa CNT, la abandonaron rápidamente: cincopuntistas, cristianos, nacionalistas, marxistas heterodoxos... Fracasados sus intentos de controlar la estructura orgánica confederal por medio de una organización paralela y, por eso mismo, derrotados en el Congreso, siguieron su propio camino.
La CNT retomó sus esencias, pero pagando un alto precio: una dolorosa ruptura sindical, una sensible pérdida de militantes y una sensación de amargo desencanto.
Alfredo González y Juan Pablo Calero

(1) Todos los documentos y testimonios a los que se hace referencia se encuentran en la Fundación Anselmo Lorenzo de Madrid.
(2) Por ejemplo, para el caso de Guadalajara, ver los artículos de Alejandro Díez Torre en Wad-al-hayara.
(3) Ángel Herrerín, La represión de los Comités Nacionales de la CNT de España (1939-1949), comunicación presentada en el Congreso “El Anarquismo en España”, celebrado en Guadalajara del 29 de noviembre al 1 de diciembre de 2002.
(4) Dolors Marín, Clandestinos: el maquis contra el franquismo (1934-1975). Editorial Plaza y Janés. Barcelona, 2002.
(5) Informe a la S.A.C.(Sveriges Arbetaren Centralorganisation) del Comité Nacional de la CNT que tenía como Secretario General a Cipriano Damiano, fechado en septiembre de 1965.
(6) Ver el punto de vista de los “cincopuntistas” en Índice, número 217-218 del año 1967.
(7) Ver, por ejemplo, Cuadernos para el Diálogo de mayo de 1972 y julio de 1973.
(8) Ver el documento Trayectoria histórica del cincopuntismo, sus consecuencias, la traición, delación y colaboración. Elaborado en marzo de 1980 por el Comité Regional de Cataluña de la CNT-AIT.
(9) Ver el testimonio de uno de los “cincopuntistas“ en Fidel Miró, Anarquismo y anarquistas, Editores Mexicanos Unidos. Madrid, 1979.
(10) Es un buen ejemplo de esta aproximación entre dos posturas que siempre se habían mostrado antagónicas el libro de Aurelio Orensanz, Anarquismo y cristianismo, Mañana Editorial. Madrid, 1978. Esta firma publicó varios libros del grupo Cristianos por el Socialismo.
(11) Como ejemplo, sólo en la revista Pensamiento, editada por las Facultades de Filosofía de la Compañía de Jesús en España, publicó en 1972 los artículos El anarquismo, filosofía política del “apoyo mutuo”, La moral del apoyo mutuo anarquista y Libertad y demopedia anarquista.
(12) Ver su artículo en Índice de noviembre de 1968, en el que se podía leer : “Los anarquistas españoles aportaron a las luchas sociales un entusiasmo ético y un mesianismo ideológico que recuerda la fe de las primeras comunidades cristianas y el iluminismo de ciertas sectas religiosas de la Edad Media”.
(13) Trayectoria histórica del cincopuntismo, sus consecuencias, la traición, delación y colaboración.
(14) Declaraciones de uno de los componentes del grupo, Julián Gómez del Castillo, en Autogestión, abril de 1998.
(15) Editorial de En Lucha, 28 de abril de 1974.
(16) Ver los dos tomos del Colectivo Estatal Autonomía Obrera, Luchas autónomas en la Transición democrática. Editorial Zero, Madrid, 1977.
(17) Juan Gómez Casas, El relanzamiento de la CNT. 1975-1979. Editorial CNT, Madrid, 1984. Página 7.
(18) Acción Libertaria, junio de 1976.
(19) Acción Libertaria, junio de 1976.
(20) Trayectoria histórica del cincopuntismo, sus consecuencias, la traición, delación y colaboración

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